A L T E A, La Madre

Esparta 700 a.C

 

La madre miró a su hijo recién nacido con ternura mezclada de dolor. Su destino había sido trazado desde el momento de su concepción. Había nacido para ser soldado, seria educado para servir al ejército, austeramente, dentro de la más rígida disciplina y fuera del hogar, como todos los niños de Esparta, y al ejército pertenecería, desde la más tierna infancia y hasta la muerte, tal como mandaban las leyes del país.

Altea no había nacido allí. Sus padres eran Ilotas, que era el nombre como los espartanos denominaban a los pueblos sometidos. Su familia poseía un pedazo de tierra, fértil y próspera y la cultivaban con gran amor y dedicación, ya que de la tierra dependía su subsistencia.

Recordaba a sus padres y a su hermano Zores vagamente, compartiendo los cuatro una vida sencilla, aunque de eso hacia ya mucho tiempo, cuando su pueblo era libre y no tenía que dar a los conquistadores la mayor parte de sus ganancias. Altea era entonces casi una niña que corría descalza por los montes siempre verdes que rodeaban a su hogar. Nunca había vivido fuera del valle, ni se había separado de sus padres, nunca hasta que conoció a Psistrates. Aquel día fue arrebatada a la fuerza por unos soldados crueles montados a caballo y su familia

 

despojada de sus tierras. A partir de aquel momento, ya solo trabajarían para Esparta, no en condición de esclavos, pero si como vencidos de guerra, y ella no volvería a ver más a los suyos.

Miró a su pequeño hijo y deseó que sus padres estuvieran allí, para compartir su felicidad. Se sentía muy sola. Nunca había amado al hombre que la arrebató de su hogar, pero había permanecido junto a él porque le temía y le había dado hijos y a ellos si los había amado. Aunque ninguno de sus hijos estaba ahora a su lado, y cuando los veía en las escasas ocasiones que el ejército les permitía visitarla, ya casi no los reconocía. Habían cambiado mucho, sus modales eran diferentes y les avergonzaba que ella les acariciase el rostro o les diese un beso en la frente.

.- Esas son cosas de mujeres.- decían rechazándola. Y Altea se sentía infeliz. Tampoco Psistrates, su marido estaba con ella. Hacia ya cinco años que Esparta había declarado la guerra a Atenas y la pocas veces que volvía a casa, era para dejarla embarazada de un nuevo hijo, que perdería irremisiblemente después. Si, se sentía terriblemente sola y aunque siempre había tenido miedo de huir, por primera vez deseaba revelarse contra un destino que no comprendía.

Volvió a mirar a su hijo y pensó que pronto dejaría de ser suyo para pertenecer a otros. Apretó contra sí el pequeño bulto de carne caliente y decidió que esta vez sería ella quien manejaría los hilos de su propia vida.

Cuando se sintió suficientemente fuerte, se dispuso a emprender el largo viaje. No había visto a Psistrates en mucho tiempo y ni siquiera sabía si volvería a verle, pensó que a él solo la unían sus hijos y como a estos ya los había perdido, ya nada la retenía allí. Miró por última vez a su casa, el rey de Esparta había prohibido

toda las de adornos en las viviendas de sus súbditos, solo dejaba atrás unas paredes vacías y tristes, la única alegría de su vida la llevaba entre sus brazos.

Era de noche cuando comenzó a andar con su hijo apretado contra su pecho y envuelto en su túnica a modo de cuna. Había cubierto su cabeza para el viaje y sus rizos de color castaño asomaban, cayendo por su frente, enmarcando un rostro delgado y pálido. Solo disponía de unas cuantas monedas, que su marido le dejó y algunas provisiones para el camino, pensó que la gente la tomaría por una mendiga y así cuando tuviese hambre pediría limosna, mientras su hijo bebería de la leche de su pecho.

Apenas recordaba como ir a la casa de sus padres, pero confiaba en su intuición y en que los dioses la guiarían. Caminaría siempre de noche y durante el día se escondería entre los matorrales del campo, para no despertar sospechas y evitar a los soldados que custodiaban los montañosos caminos y organizaban cacerías de esclavos para entrenarse en la caza del hombre.

Tras algunos días de andar, Altea se sentía desfallecida de hambre y de cansancio. Alguna alma buena se había compadecido de ella y del niño y le había dado de comer y de beber, pero el camino era largo y las noches frías, sus sandalias estaban destrozadas y los pies comenzaban a sangrarle, la espalda se le curvaba por el peso que llevaba y los huesos le dolían de dormir en el suelo.

Cuando ya pensaba que no llegaría nunca a su destino y se sentía completamente desalentada pensando que ella y el niño no sobrevivirán al esfuerzo, la casa de sus padres se alzó delante de sus ojos. Altea casi no podía dar crédito a lo que estaba viendo, la alegría dio fuerza a sus pies y apenas pudo llegar a la puerta para desplomarse en el suelo sin sentido.

 

Cuando abrió los ojos, vio a un hombre que la miraba con atención y enseguida buscó a su hijo con angustia, pero se tranquilizó al ver que éste dormía plácidamente a su lado. Poco a poco reconoció al hombre como a su propio hermano Zoes. Había cambiado mucho, pero sus ojos eran los mismos de siempre. El también pareció reconocerla y ambos se abrazaron estrechamente.

Sus padres habían muerto y Altea pasó allí un tiempo con la familia de su hermano. Pero pronto se dio cuenta de que la mujer de Zoes no la quería, tenía miedo de Psistrates fuese a buscarla hasta allí y si la encontraba todos morirían por haberla encubierto. Tanto presionó a su marido, que este, con lágrimas en los ojos tuvo que pedirle que se fuera.

El día antes de su partida, Altea no durmió en toda la noche, sabía que no podía volver a su antiguo hogar, pensó que quizá Psistrates no habría vuelto del campo de batalla, pero era demasiado expuesto porque si había descubierto su huida no le perdonaría haberle abandonado y la mataría con su propia espada. No podía arriesgarse.

Tenía que tomar una decisión y decidió que dejaría a hijo su con su hermano y su mujer, así tendría la oportunidad de criarse libre como un Ilota y quizá algún día podría volver a buscarlo. Emprendería el camino sola, rumbo a lo desconocido.

Por la mañana temprano Altea abandonó la casa sin mirar atrás, había dejado al niño durmiendo, junto a los otros hijos de Zoes, no había querido volver a mirar su carita. Pensó que al menos él no seria soldado como los otros y se criaría feliz en aquella casa. Pensó también que habiendo querido tenerlo para ella sola, lo había perdido del todo. Pensó que aquello había sido un castigo a su propio

egoísmo.

Pensó muchas cosas mientras caminaba sin saber a donde se dirigía y ensimismada en sus pensamientos, se encontró en la cumbre de una alta montaña. Se dio cuenta de que no era ella quien guiaba sus pasos, sino que ellos la habían conducido hasta allí y cuando se detuvo, no fue por su propia voluntad sino por la de éstos. Miró frente a sí y vio en enorme precipicio que se abría ante ella y ya no pensó mas.

Su figura esbelta pareció un pájaro sin alas volando desde la cumbre hasta el abismo a la luz del amanecer y mientras caía, pensó que eso era exactamente lo que era.