AMYTIS Y
KINDARA, La Sensualidad
Persia, 540 a. C.
El rey Ciro, gran conquistador y general, había
establecido una red de contactos entre los vastos confines de su Imperio y el
emisario sabía que la misiva que obraba en su poder debía de ser entregada lo
mas rápidamente posible, así pues aceleraba el galope. El gran general había
hecho pruebas de resistencia antes de emprender las diferentes rutas y nunca se
forzaba al caballo más de lo que este podía resistir, así pues el jinete
apremiaba al animal dentro de sus limites.
Ya entrado el amanecer, la silueta del templo
de la ciudad de Ecbatana se perfiló claramente sobre el fondo del cielo que
comenzaba a iluminarse por el sol. En pocos minutos el emisario se encontró a
las puertas del Palacio.
Los guerreros de la guardia real, ataviados
con gran riqueza, vinieron a su encuentro. Vestían una larga túnica y encima
de ella, una especie de caftán bordado y de rico colorido, un estrecho turban
ceñía su cabeza. Él les entregó sus credenciales y ellos se apresuraron a
franquearle el paso y ocuparse de su caballo.
Avanzó con rapidez por el palacio, siempre
escoltado por la guardia. La misiva real debía entregarla en mano a Amytis,
hija de Astiajes, rey de los medos,
tal y como se le había ordenado Ciro, señor absoluto del Imperio Persa.
Tras recorrer interminables pasillos bordeados
de grandes columnas rematadas por toros alados esculpidos en piedra, llegó al
fin a los aposentos de la princesa revestidos de cerámicas de brillantes
colores. Un eunuco se adelantó a su encuentro y le saludó con una ligera
inclinación de cabeza, a quien éste correspondió.
La ley prohibía a las mujeres mostrarse ante
ningún hombre que no fuese su marido y sus hijos. Así pues Amytis permanecería
oculta a sus ojos durante la entrevista, pero él debía obtener una repuesta de
su propia mano para confirmar que ésta había recibido la misiva de su señor.
Tras cortinajes de seda roja se hallaba la
princesa, rodeada de sus esclavas. Cuando le fue entregado el mensaje, no le
hizo falta abrir el envoltorio, cuidadosamente envuelto en una piel de lobo,
para saber que contenía su anillo de boda. Sabía que Ciro, tras haber
derrotado a su padre en el campo de batalla le había pedido su mano, de este
modo quería legitimar su conquista y aunque ella nunca le había visto, ni
siquiera en imagen reproducida en escultura o pintura, sabía lo que todo el
mundo contaba de él, que era un hombre valiente, bueno, lleno de inteligencia y
dotes de mando, querido por su pueblo y por todos los pueblos que
conquistaba a su paso, pero le hubiera gustado ver su rostro, nadie le
había dicho si era un hombre bien parecido, aunque
eso en realidad tenía muy poca importancia puesto que su destino como
mujer ya estaba decidido por otros.
Iba vestida con una larga túnica color de púrpura,
bordeada de blancas bandas bordadas y ceñida por un cinturón, se cubría la
cabeza con una tiara bordada en oro que enmarcaba su rostro atezado de pómulos
acusados y grandes ojos negros resaltados por una línea oscura. Sus brazos iban
cubiertos de brazaletes y pulseras y sus tobillos ceñidos con ajorcas
multicolores. Su cabello ensortijado caía caprichosamente sobre su cintura
esbelta, envuelta en las preciosas telas que se amoldaban a su cuerpo como una
segunda piel.
Dio como respuesta un anillo de oro y plata
procedente de Libia, una magnifica joya que había pertenecido al rey Creso,
famoso por sus grandes riquezas y que su padre le había regalado después de
apoderarse de ellas.
Se sentía halagada de haber sido escogida por
un hombre tan bueno y valeroso y a la vez sentía un alivio profundo al
abandonar a su padre el rey Astiajes, con sus vicios y crueldades odiado por
todos, hasta el punto que con su conducta cruel, había incitado al joven Ciro a
atentar contra el poderío de los Medos y destruirlo. Ahora con su noble gesto,
no solamente no dejaría de ser princesa, sino que se convertiría en la esposa
del hombre más poderoso de su tiempo y la emperatriz de un vasto Imperio.
Cuando el emisario hubo partido, Amitys y sus
esclavas salieron de detrás de las cortinas que las habían ocultado y ocuparon
toda la estancia. La princesa miró con tristeza a Kindara, su esclava preferida
que estaba sentada a sus pies, una joven mujer de aspecto delicado envuelta
bordados y joyas: dejarla era su único gran dolor, la amaba profundamente y
ella la correspondía con la misma pasión. Lo habían descubierto un día en
que todas fueron a bañarse juntas en el río.
Nadie conocía su secreto, y ellas no sabían
si lo que había sucedido entre las dos era bueno o malo, solo
sabían que ya no podían
prescindir de estar juntas y los besos y caricias que intercambiaban les
eran tan necesarias como respirar. Amytis y Kindara no habían conocido a varón
alguno, pero a partir el aquel momento ya eran amantes en cuerpo y alma.
Kindara la miró con interrogación no exenta
de angustia y su ama captó el mensaje de sus ojos. Alargó la mano para
acariciar la mano de la esclava y tranquilizarla. Nadie podía oírlas, todas
las demás mujeres hablaban entre sí, reían comentando la inesperada visita
del emisario de tierras lejanas y entonces comprendió que no podía dejarla.
.- No te
preocupes pequeña.- le dijo en voz baja.- Tu
vendrás conmigo a Susa. Ciro será mi marido, pero nunca podrá tener mi amor,
porque mi amor solo es tuyo.-
Y Kindara sonrío confiada, mientras Amytis
deslizaba la mano bajo su túnica blanca y acariciaba el cabello suave y
ensortijado de su pubis en flor.
La estancia estaba tan cargada de perfumes
diversos que el aire era casi irrespirable, la princesa ordenó a las demás
mujeres que abriesen las ventanas y el aullido del viento de las montañas hizo
que nadie pudiera escuchar los gemidos de placer de la joven esclava, que
acurrucada a su lado parecía dormida.