A
R A N,
La Familia
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Los
Fenicios, Mediterráneo oriental, 1.000 a. C.
Acababa de anclar la nave y
los navegantes comenzaron a preparar el desembarco a tierra de las mercancías
obtenidas durante el largo viaje. Traían principalmente, telas, alfombras y
perfumes de Arabia, cereales de Egipcio, cobre de Chipre y otros metales, además
de frutas, vino, pescado y aceite que habían intercambiado por los productos de
su propia industria con otros pueblos.
Aran, capitán y
propietario del barco fenicio, se sentía satisfecho. Habían navegado durante
muchas lunas y visitado innumerables paises del Mediterráneo, desde Chipre,
Utica y Cartago hasta llegar a Gadis. Ahora estaban de vuelta al fin a su ciudad
Tiro y ansiosos de volver a ver a sus familias que habían añorado durante
tanto tiempo en las largas noches en cubierta, mientras las olas azotaban las
paredes de su barco.
Aran era un hombre alto y
fornido ya entrado en la cincuentena que aún conservaba toda la fuerza y el
empuje de los años de juventud. Siempre había sido navegante, como la mayoría
de los hombres de su Tierra y toda su vida era el mar. El mar sabía de sus más
íntimos y recónditos secretos. A él le había confesado incluso lo
inconfesable y aunque amaba tiernamente a su mujer, Sila, el mar lo conocía más
que ella, más que nadie en el mundo. Cada retorno era una alegría y una
tristeza para él y ambas se mezclaban de un modo inseparable la una de la otra.
La alegría de volver a casa con los suyos, la tristeza de dejar el mar.
Aran, descubrió el rostro
de su mujer y su hijo entre la multitud que aguardaba impaciente a los marinos.
Pudo distinguir claramente los dos pares de pupilas oscuras y brillantes que
escudriñaban la cubierta, tan parecidas entre sí, y una punzada de orgullo
atravesó su alma. Verdaderamente era un hombre afortunado, poseía todo lo que
un ser humano puede desear: El amor de una hermosa y buena mujer, un hijo sano e
inteligente y un barco que le aguardaba fielmente anclado en el puerto, para
llevarlo a recorrer los senderos del mar, su segunda enamorada.
Ya en tierra los abrazó
con fuerza, y sus brazos parecieron lo suficientemente largos como para
abarcarlos a los dos. Enjugó con sus labios, las lágrimas que resbalaban por
la cara de Sila, y jugó con los ensortijados cabellos negros de su hijo
adolescente, observó que Uri estaba ya casi tan alto como él, en un par de años
más le sobrepasaría en estatura, crecía aprisa, pero su rostro conservaba aún
el candor de la niñez. Cada separación le deparaba una sorpresa...
La ciudad de Tiro se erguía
hermosa y llena de vida, enfrentada al puerto que bullía de agitación. Le
esperaba una merecida jornada de descanso entre los suyos y estaba deseando
llegar a casa.
Mientras los tres caminaban
muy juntos a través de la muchedumbre, Aran fue dejando atrás el mar y con él
se quedó anclada su nostalgia, pero él sabía que era pasajera, pronto volvería
a sentir su llamada y volvería a embarcarse con el corazón dividido pero
feliz.
Los días pasaron veloces
en el hogar de Arán, confortablemente construido para él y su familia. Todo
parecía estar en calma y desarrollarse satisfactoriamente. El último viaje había
sido muy productivo y las arcas del marino habían aumentado considerablemente.
Aquella noche, como todas
las noches, se encontraron ambos esposos en la intimidad de la alcoba de
matrimonio que les acogía a ambos después
de cada viaje como a dos novios en su luna de miel. Hacía mucho calor y
la piel de Sila brillaba desnuda sobre el lecho, él la observaba en silencio, y
pensaba que casi no había cambiado. Continuaba siendo delgada y flexible como
cuando era muchacha y sus menudos pecho tersos y apetecibles se agitaban rítmicamente
al compás de su respiración. Ávido de ella, acarició las largas piernas con
sus fuertes manos que sabían poseer el don de la dulzura, sin embargo Sila las
detuvo antes de que alcanzasen el objetivo deseado:
.-
Aran, tengo miedo.-
Aquella frase inesperada le
sorprendió hasta el punto de enfriar completamente su deseo.
.-¿Miedo?.-
exclamó a su vez.- ¿ Y por qué?.-
.- Acabo
de tener una terrible pesadilla y me siento intranquila... Una desgracia va a
caer sobre nosotros.-
.-
Somos una familia unida, que se quiere y es feliz -. ¿Que es lo que puede
ocurrir?.-
.-
No lo sé, pero sé que algo ocurrirá, una voz me lo ha dicho mientras dormía
Aunque intentó que su
mujer se calmara, se sintió inquieto, conocía la clarividencia de su esposa y
sus presentimientos se acostumbraban a cumplir. Era ya muy entrada la mañana
cuando concilió el sueño.
La ciudad se despertó
inquieta como él. Baal, el dios de los fenicios
a quien ninguno osaba llamar por ese nombre, sino Señor, estaba
indignado contra su pueblo y clamaba venganza. Alguien había entrado en el
Templo Sagrado y había ultrajado su culto. Los sacerdotes debían reunirse con
urgencia y darle una satisfacción inmediata antes de que este se vengara de
todos ellos de un modo terrible por aquella injuria.
Cuando Aran se enteró de
lo sucedido comprendió que aquello era la clave que descifraba el mensaje de
los sueños de Sila. Ambos esposos esperaron atentos la decisión de los
sacerdotes reunidos en la casa del señor Baal. Conocían las leyes.
Aran miró por la ventana y vio a su hijo en el jardín que se entretenía
jugando a pelota, totalmente ajeno al destino cruel que, como una araña
monstruosa tejía una amenazadora
tela a sus espaldas para atraparle. La juventud desbordaba en su bien formado
cuerpo y pensó que no era justo aceptar la ley, pero no sabía como evitarla.Si
lo ocultaban los soldados lo buscarían hasta encontrarle y entonces el
sacrificio se extendería a él mismo y al resto de su familia.
Un griterío le sobresaltó.
La ley se había proclamado y el llanto de las mujeres y las protestas de los
hombres llenaban las calles. No había tiempo para pensar, se precipitó al jardín
y cogió a su hijo de la mano. Ambos salieron a la calle seguidos de Sila, no
sabían a donde se dirigían pero ninguno quería separase del otro, el destino
de uno sería el destino de todos.
Corrieron hasta llegar al
puerto, Aran miró a su barco anclado que parecía estar siempre aguardándole,
bellísismo, de formas redondeadas y de altos costados. Contempló su casco
construido con madera de cedro del Líbano y su quilla que se prolongaba a proa
en un mascarón representando la cabeza de un caballo pintado de rojo, con dos
piedras de color verde incrustadas a modo de ojos. Una galera ágil y ligera,
apta para remontar ríos y adentrarse en las bahías de las ensenadas poco
profundas. Frente a ellos se extendía el mar. Le pareció que ahora era la
ocasión de unir sus dos grandes amores para siempre.
Subieron los tres al barco
solitario y Aran soltó amarras. La ciudad fue quedándose atrás lentamente, al
cabo de pocas horas navegaban en alta mar. Entonces advirtió con su agudo ojo
de marino dos pequeños puntitos sobre las olas, que a medida que se acercaban,
iban agrandándose. Enseguida se dio cuenta de que les seguían. Intentó
aumentar la velocidad de su nave, pero el viento no le era favorable y tres
tripulantes no podían remar con rapidez.
Poco a poco, los
perseguidores iban ganándoles terreno, y
fueron haciéndose visibles las velas a cuadros, confeccionadas de lino egipcio,
que usaban los grandes y pesados galeones fenicios.Comprendió que no podrían
escapar. Entonces dejó de remar y miró a su mujer y a su hijo que también le
miraron expectantes, se levantó y los abrazó estrechamente como el día que
llegó de su largo viaje, sin pensarlo ni un minuto, con los mismos brazos
poderosos que los abrazaba los arrojó a la profundidad del agua, lanzándose
después tras ellos. En pocos segundos el mar los envolvió dulcemente con su
manto azul y mientras las últimas burbujas de su aliento subían a la
superficie, los soldados del rey recorrían las calles de la ciudad de Tiro y
sacaban a la fuerza de las casas a todos los hijos primogénitos para llevarlos
al sacrificio. El último pensamiento de Aran fue que aunque el señor Baal había
intentado separarlos, el mar, su viejo amigo, los había reunido para siempre en
la profundidad de su seno y allí reposarían los tres juntos para siempre.