Z
U R,
El Arte
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Dordogne,
15.000 a.C.
Zur estaba sentada a la
orilla del río, el agua corría limpia y transparente y ella observaba
fijamente las piedras del fondo. Hoy había vuelto a ver a su madre enferma,
pero aquel día ella no le había cogido las manos, como siempre, ni de sus
labios habían surgido aquellos dulces sonidos, que la hacían sentir que la
quería, aquel día su madre estaba quieta, inmóvil, estirada en su lecho de
pieles de oso y sus ojos no la habían mirado ni parecían mirar a ninguna
parte.
No comprendía que le podía
pasar a su madre, hasta el color de su cara curtida por el sol había cambiado y
su piel le recordaba a la cera de los panales de las abejas. La había
tocado casi con miedo y estaba tan fría que enseguida retiró su mano asustada,
su madre no parecía la misma de siempre y Zur se sentía también muy rara. Habían
llamado al hechicero para que la viese pero a Zur la asustaban los tatuajes
con los que cubría su cuerpo y sus dientes afilados como puntiagudos
estiletes, por eso se había ido a
pasear y además quería estar a solas con sus pensamientos.
Era muy joven, casi una niña,
su cuerpo atlético estaba rematado por largas extremidades que la pequeña
falda triangular hecha de hojas entretejidas dejaba al descubierto y su seno
desnudo estaba aún poco desarrollado. Tenía el cráneo alto y anguloso, aunque
más bien pequeño, la nariz afilada y la frente abombada.
Vivía con su extensa familia, padres, abuelos y
numerosos hermanos, en una choza construida con troncos de arboles, ramaje y
piedras, situada bajo los salientes de unas rocas cercanas en la pendiente de
una montaña, no lejos del río. Era una buena morada, orientada al sol y
protegida del viento, un cobijo seguro para resguardarse de las inclemencias del
tiempo y estaba rodeada por otras chozas similares cercanas, donde vivían otras
hordas también emparentadas con las suya y también numerosas. Todas tenían un
corral anejo al descubierto, y pequeños silos para los recipientes de grano y
frutas desecadas.
Su padre y todos los demás
hombres eran cazadores, como todos los padres y demás hombres de las viviendas
vecinas. Cazaban en común, empleando en ello, venablos, lanzas y unas enormes
porras y preparando trampas en el suelo mediante fosas recubiertas de hojas. A
ella nunca la querían llevar de cacería, pero su hermano Tor, que la quería
mucho, se las explicaba. Y su madre, los niños y todas las mujeres de la
familia dedicaban el día la
recolección de frutos silvestres, raíces y huevos de nidos que los pájaros
ponían en los frondosos árboles, y a la caza de reptiles, roedores y aves,
como todas las madres, mujeres y niños de las demás viviendas. Pero a pesar de
vivir próximos los unos de los otros, todos trataban de salvaguardar su propia
intimidad y nadie se sentía miembro de una manada como los animales, sino que
trataban de defender su aislamiento y reposo tras las agotadoras jornadas en
busca de alimento, que era
en lo que ocupaban todas
las horas del día, desde que amanecía, hasta que se ponía el sol.
Ella siempre se había
sentido feliz y segura, rodeada de los suyos... incluso en la estación fría
del año, en las que todas las familias se habían tenido que refugiar en las
profundas cuevas. Entonces su padre y hermanos mayores habían construido muros
de protección en la entrada, para guardarles de las fieras y del frío intenso
y las mujeres se dedicaban a la conservación del fuego, que era indispensable
para su existencia y que calentaba la cueva. Ocupaban una gran habitación que
recibía luz exterior y allí habían
nacido ella y todos sus hermanos mayores.
Recordaba como los hombres
habían pintado en las paredes de piedra y a la luz de las antorchas el contorno
de sus propias manos para advertir a los espíritus de la presencia de seres
vivos en el interior de la cueva, y para que aquellos se abstuvieran de
visitarla. Y también habían pintado las siluetas de muchos de los animales que
cazaban, pues todos creían que al plasmar la acción deseada, la imagen atraería
la realidad. Para ello utilizaban grasa animal, huevo o sangre y los aplicaban
con los dedos o soplando con la boca. Los colores
eran tan brillantes que la luz jugaba con ellos al proyectarlos sobre las
irregularidades de la superficie, dando una asombrosa sensación de realidad, y
creando una poderosa impresión de vida, hasta el punto de parecer que el jabalí,
el bisonte o el ciervo dibujado, parecían salir de sus planos y convivir con
ellos en el interior de la cueva. Pero nunca se pintaban a ellos mismos, para
evitar ser reconocidos y recibir los efectos de la magia de destrucción que
afectaba a todos los seres allí representados.
Recordaba especialmente un
caballo en tonos rojizos, cuya silueta se destacaba por su belleza de los demás
de un modo extraordinario y que era su preferido. A ella también le hubiera
gustado pintar, pero las mujeres debían de ocuparse de otras cosas y esto la
ponía triste, tanto, que un día su hermano Tor, para consolarla le regaló un
caballo igual a aquel, que había capturado.
Vivieron tanto tiempo en la
cueva, que ella desconocía la existencia del sol, de las montañas, y de los de
los arboles... pero como no los conocía tampoco los encontraba a faltar...
Cuando el frío cesó y la nieve se deshizo, todos volvieron a salir al exterior
y entonces Zur hizo maravillosos descubrimientos... podía cabalgar por las
inmensas llanuras y bañarse en el río, a la radiante luz del sol, todo era
nuevo y estaba lleno de misterio, un misterio que ella iba descubriendo poco a
poco, a la par que su cuerpo crecía y se desarrollaba...
A veces sus hermanos la
llevaban a dar largos paseos en canoa por el río, y ella se bañaba y jugaba
con el agua mientras ellos capturaban truchas y lucios con sus arpones, pero
aquel día no había nadie allá, el río estaba desierto y ella tampoco tenía
ganas de bañarse... Todos estaban en la casa, al lado de la madre, su extraña
madre, tan quieta, tan blanca, tan callada... que parecía dormida, como poseída
de un extraño sueño del que parecía no poder despertar.
La madre era objeto de
veneración por parte de todos, ella aseguraba la continuidad de su grupo,
aportando periódicamente nuevos hijos y determinaba la pertenencia a la
familia. Pero ella quería a su madre por otras razones, porque era suya y
porque se sentía protegida y segura a su lado.
Zur no conocía aún la
muerte, porque no había visto morir a nadie todavía, alguna vez desaparecía
uno de los hombres después de las largas jornadas de cacería, pero nadie le
explicaba porque no había vuelto con los demás, simplemente desaparecía...
Pero la idea de la muerte
no podía pasar inadvertida por un espíritu dotado cada vez de más conciencia.
Pensó que quizá la muerte fuera la entrada al reino de un sueño
extraordinariamente largo y si era así... ¿cuanto tiempo dormiría su madre?..
Abstraída en sus
pensamientos y confundida con los sentimientos que nacían de ellos, le pareció
ver que una de las piedras del fondo del río, le recordaba la silueta del
caballo rojo que semanas antes había capturado su hermano Tor para ella. Alargó
la mano y la cogió, aunque para ello tuvo que hundirse hasta las rodillas en el
agua.
Estuvo contemplando la
piedra durante mucho rato, fascinada. Se dio cuenta de con unos simples retoques
de color podía representar la negra crin, el ojo y la cola del hermoso animal.
Miró a su alrededor tratando de encontrar un elemento que le pudiera
proporcionar el color deseado y localizó unas piedras de pizarra, las frotó
unas contra las otra con vehemencia, hasta obtener un polvillo oscuro que mezcló
con el agua, consiguiendo una especie de pintura en la que untó su dedo y dio a
la piedra los retoques necesarios para que tuviese el aspecto del caballo rojo
de negra crin.
Miró su obra con ojos críticos
y se sintió satisfecha de lo que había hecho e imaginó a su madre
montada a lomos del caballo que ella había creado y después sintió que ambos
cobraban vida y emprendían un galope veloz.
Sintió caer algo húmedo
por sus mejillas. No era la primera vez que lo experimentaba y aunque no
comprendía bien el porque, se sentía cada vez mejor. Había vuelto a ver a su
madre tal y como la recordaba antes, hermosa, feliz, sonriente y aunque comprendía
que ella no podía llevarla consigo, le pareció que le trasmitía todo su amor
y le decía que no debía estar triste, que haba emprendido un viaje muy largo,
pero algún día vendría a buscarla.
Se incorporó ágilmente y
se encaminó con rapidez hacia la vivienda de sus padres, sus pies parecían
tener alas... y así, llevando la piedra rescatada del fondo del río apretada
contra su corazón, Zur atravesó
la llanura y trepó por la montaña, ya no se sentía triste ni confusa, porque
había podido expresar su dolor y éste había quedado impreso en aquella piedra
para siempre.
¿Había descubierto el
arte... había nacido la artista?
GLORIA CORRONS