Fotografía de Alicia Liddell realizada por Lewis Carroll,la niña en quien se inspiro para escribir su famoso cuento "
Alicia en el país de las maravillas
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DIMES Y DIRETES
despropósito que encierran.
Como muestra he aquí dos completamente diferentes que lo único que tienen en común es la insólita reacción que han desencadenado en unos determinados sectores de la sociedad.
Vamos con la primera:
No, no se trata de ningún cuento nuevo de Harry Potter, sino de una historia en la cual la realidad supera a la fantasía.
En
Tejas, EE UU, y en Toronto, Canadá, surgió hace algún tiempo, un contencioso
contra los libros del niño aprendiz de brujo, acusándosele de ser una mala
influencia para la chiquillería, a quien podía introducir en el mundo de la
magia más siniestra.
En
USA los cuentos de J.K.Rowling, entraron
en el índice de los más censurados en 1999, mientras que en el Canadá hubo
colegio, que, sin autorización de los padres, no permitía que se leyeran tan
"pecaminosos" libros.
Hay
cosas que no se comprenden demasiado bien. En Estados Unidos, por otra parte el
país de Hannibal Lecter, cuyas hazañas al parecer no merecen censura de ningún
tipo-, Harry Potter es considerado como
una especie de peligro público que puede atentar contra las tiernas mentes
infantiles al hablar de tanta "brujería".
Por
lo visto los ciudadanos estadounidenses, aún no se han dado cuenta de que las
artes mágicas de Harry Potter, son
puramente ligths y más cómicas que tenebrosas. En cambio, que un niño
"juegue" con las armas que su papá colecciona, e incidentalmente mate
a alguien, se ve que no tiene importancia.
Censurar
a Harry Potter, resulta tan absurdo,
que, afortunadamente, y tras una "lucha" aguerrida promovida por los
admiradores de Harry, un juez tejano, a
absuelto, ¡por fin!, al pobre crío de los tremebundos cargos y Harry,
y sus fans en litigio, han podido respirar aliviados, porque habrá Harry
Potree para rato.
La
segunda noticia engloba lo que parece ser
la última moda en el mundillo
literario consistente en inventarse novelas policíacas en torno a
personalidades ya desaparecidas y que no pueden defenderse.
Primero
fue Lewis
Carroll, de quien se ha
llegado a decir pronto hará un año, que era Jack
el Destripador, así como suena; el investigador de turno llegó a semejante
conclusión después de realizar unas dudosas investigaciones.
Luego
fue Charlotte Brontë, a la que se ha
acusado de envenenar a casi toda su familia, hermano y hermanas, ayudada por su
marido.
Y
el último de la lista ha sido, al menos por el momento, Conan Doyle, el padre de Sherlock
Holmes, de quien se afirma que asesinó al marido de una señora que era su
amante, agravando la cuestión con el hecho de que se asegura que le mató,
porque él, Conan Doyle, le había
plagiado una novela y no quería verse descubierto.
A
esto añadamos que hace dos veranos, también corrió la especie de que William
Shakespeare, no sólo no era inglés -cosa que hace tiempo se rumorea sin el
menor fundamento, incluso que no existió-, sino que era italiano, y se daban
toda clase de detalles y referencias al respecto, arguyendo como prueba
decisiva, lo mucho que el dramaturgo había utilizado Italia como escenario de
muchas de sus obras.
Que
sepamos, de momento, Dinamarca no ha reivindicado la nacionalidad de
William Shakespeare, ni, tampoco, nadie le ha acusado de asesinato.
Esta
moda tan poco recomendable de colgar sambenitos a personas que no pueden
defenderse, tendría que ser desestimada por el público en lugar de prestarle oídos.
Después
de tantos años es un poco difícil comprobar si el presunto asesino, lo fue
realmente, y lo honesto sería, en la duda, abstenerse de hacer conjeturas que
empañan el buen nombre de cuatro personas y que pueden arrojar una irreparable
sombra calumniosa sobre su memoria.
Cedido a SELENE por gentileza de C.CARDONA GAMIO EDICIONES